martes, marzo 20, 2012




Yo no soy como las demás presas: a mí no me importa decir por qué estoy aquí. Y no solo eso, además me declaro culpable. Me equivoqué. Lo sé. Y lo estoy pagando. Nunca imaginé cuando hice clic con el ratón la que se me venía encima. El tipo, aunque teatrero, parecía sensato. Bueno, la verdad, es que me fascinó y me dejé llevar. Tenía indicios suficientes para desconfiar pero no quise verlos, cerré los ojos y aquí estoy dando paseos por el patio, de tapia a tapia. Por su culpa.
Cuando salí de ver su obra por primera vez me sorprendieron las lágrimas de la actriz, y cuando al sábado siguiente volví y la vi de nuevo llorando como una magdalena tendría que haber desconfiado de ese director. Pero pensé que la culpa era de esa Fernanda Orazzi, pensé que los sábados serían mal día para ella. Animé a mis amigos a ver la obra y a todos les pregunté si al final la chica lloraba y todos me decían que sí, que lloraba, que lloraba mucho. Y ya tuve que suponer que la culpa era de él, pero no me lo quería creer. Incluso pregunté a mi amiga Verónica cuando me comentó que la Orazi había ido a su cumpleaños, le dije que si habia llorado y me dijo que no, que qué cosas decía, que cómo iba a llorar... Y en ese momento supe que era un impresentable. Un hombre que hace llorar a una mujer todos los días no puede ser buena persona. Y Pablo Messiez no lo era. Llevaba dos meses siguiéndole en Twitter y pagaría las consecuencias. Y aquí estoy por su culpa.
Así que aquí estoy por seguir en Twitter a un teatrero que hace llorar a las mujeres. Y lo peor de todo es que aquí no me puedo conectar y no sé ni cuantos seguidores tengo en estos momentos. Si es que me queda alguno.




miércoles, febrero 29, 2012




Mi abuelo materno era una persona recta y muy respetada en el pueblo. Cuando se casó con mi abuela no tenía nada propio, pero gracias al trabajo de ambos, al de sus seis hijos y, sobre todo, a su carácter emprendedor consiguió salir de la miseria. Montó un horno donde cocían tejas, ladrillos y rasillas, y por la tarde, cuando acababan la faena, él se montaba en una mula y se iba por los pueblos a buscar compradores. Mi madre nos contaba que cuando alguna noche estaban en el baile y empezaba a llover, ella y sus hermanas se ponían a temblar. En cuestión de minutos mi abuelo aparecía por la puerta del salón y todos tenían que salir corriendo carretera arriba a recoger los materiales que tenían secándose en la era. Y se veían obligadas a dejar a sus bailaores en brazos de otras.

La única de las hijas que sólo trabajaba en la casa era mi tía María y eso por motivos de salud. Sus problemas renales, arrastrados desde la adolescencia, se la llevaron por delante unas semanas antes del día de su boda. Lo único blanco que hubo en el velatorio fue su vestido de novia. Todo lo demás era negro. El novio, mis abuelos, mis padres y todos mis tíos se vistieron de luto y daban miedo cuando se movían por la casa, cuando iban y venían a la cocina o al corral. Tenías que echarte a un lado para que no te llevaran por delante porque parecía que no te veían. Yo, que sólo tenía cinco años, prefería estar al lado del féretro: es donde me sentía más segura. Me tranquilizaba mirar a mi tía: era la que estaba más serena de todos y la más guapa con diferencia. Y el vestido de novia le sentaba muy bien, a pesar de que el velo lo habían tenido que recoger con alfileres para que no arrastrara por el suelo, y quedaba un poco raro.

Aunque todos acusaron el golpe, mi abuelo fue quien peor lo llevó: María era su hija mayor, su preferida, y a partir de ese día empezaron los problemas. La desesperación lo llevó hacia la bebida, aunque eso sólo se supo después porque siempre lo ocultó y jamás consintió que nadie lo viera en ese estado. Nunca frecuentó los bares del pueblo. Cogía su botella de vino, se perdía por el campo y volvía después de dormirla. Un día, como la familia supo más tarde, le pidió ayuda al médico del pueblo para librarse de esa adicción. El médico le prometió encargar algún remedio, pero cuando días después le dijo que ya lo tenía y que podía pasarse por la consulta, mi abuelo se limitó a darle las gracias y a decirle que ya no lo necesitaba. Al día siguiente se ató de pies y manos y se tiró a un pozo.

Cuando mi abuelo se quitó la vida lo primero que me vino a la memoria fue el velo de novia de mi tía María sobresaliendo del ataúd. Le pregunté a mi madre si también al abuelo iban a vestirle de novio y le arranqué la única sonrisa que se permitió en varios meses. Le hicieron la autopsia en un cuartucho que había en el cementerio de mi pueblo y cuando devolvieron a la familia la palangana que les habían pedido, la hermana menor de mi madre se puso a gritarle al médico forense por no haber quitado los restos de sangre de ella. Esos gritos de dolor hicieron que los pequeños fuéramos conscientes del drama que estaban viviendo nuestros mayores.

No hubo oficio religioso y le enterraron en una especie de corralillo que había en el cementerio, destinado a suicidas y bebés sin bautizar. Quisieron poner en la tumba una lápida de mármol blanco como la que mi abuelo había elegido para mi tía, pero según les dijeron en ese recinto no estaba permitido ni siquiera una cruz de madera. A ese espacio no consagrado se accedía desde la calle a través de una puerta de la que nadie tenía llave, y eso obligaba a mi madre y a sus hermanas treintañeras a saltar la pared de más de un metro cada vez que querían acercarse a la tumba de su padre. Y esa es la imagen que se me ha quedado grabada: mi madre y mis tías vestidas de negro riguroso, con medias y pañuelo, haciendo equilibrios sobre una tapia.




viernes, febrero 24, 2012




"Él surgió de la oscuridad del callejón. La navaja brilló un instante a la luz de la farola. El rostro parcialmente tapado por un sombrero que dejaba ver una gran cicatriz en la mejilla, gabardina marrón hasta las rodillas y zapatos de piel de dos colores." Utilizando este cliché de personaje, nuestra profe del taller de escritura nos pidió que escribiéramos menos de un folio utilizando el tópico de forma consciente, vamos, que se notara la burla.



El navajero melancólico


A pesar de la noche lluviosa, de lluvia pertinaz, el cielo estaba tachonado de estrellas. Tal prodigio meteorológico, que hubiera causado pasmo y susto a los antiguos y quizá originado una teoría acerca de la divinidad, que a su vez habría dado lugar a una Iglesia, había pasado inadvertido para Risi, concentrado como estaba en atisbar a través de los cristales del vacío y desangelado 7-Eleven. Las aletas de su nariz palpitaban como las de un caballo desbocado. Y el pelo, ralo y grasiento, se le pegaba a la frente. Cualquier persona de orden que hubiera reparado en él y en el chándal fosforito tres tallas mayor de lo conveniente hubiera dicho que era un macarra de mierda, o una mierda de macarra, más propiamente, que no tenía dos hostias. Pero lo que la simple observación ocular no permitía adivinar era que la mente de Risi se iluminaba en ese preciso instante con los fuegos artificiales de un cóctel de anfetas, porros y neurotrasmisores. Se acercaba la traca final. Empuñó con fuerza el acero mortal que ocultaba en su bolsillo y empujó la puerta con determinación:

-¡Esto es una atraco, nena!

La nena, una rubia mal teñida y obesa que colocaba paquetes de Kit Kat en un expositor, lo miró con cara de mala leche:

-Anda, gilipollas, vete a tomar por culo, que ya es la tercera vez que vienes esta semana. Toma, chocolate, para el mono – y le arrojó un par de chocolatinas.

El Risi se achantó. Otra vez. Como le pasaba siempre. Como le había pasado toda su vida. Tiró la envoltura del Kit Kat bajo un coche, se colocó los cascos y caminó deprisa calle abajo. A Pepe Risi, al otro Risi, al de la Gibson negra, al de Burning, no le habría pasado esto. Él sí sabía ser chulo y canalla. Qué pena que se haya muerto:


Oigo disparos en el callejón (…) El buga a punto para escapar (…) Esto es un atraco, nena (…) Si este sale me retiro (…) Chupa de cuero y gafas de rock… me siento mejor (…) El hierro frío quema mi piel (…) De pronto, el ruido de una sirena (…) Esto es una atraco, nena,

Esto es una atraco nena, Esto es un atraco, nena.




jueves, febrero 16, 2012




Esta es la respuesta, bella y auténtica, que Lidia Otón nos envió ayer a los espectadores en acción del taller de la Abadía que le habíamos felicitado por ser finalista de los Premios Max de teatro

Gracias compis, de todo corazón, muchísimas gracias!
Poco antes de que Aitor, el productor de Veraneantes me comunicase que era finalista a los premios Max como actriz de reparto y el resto de las nominaciones conseguidas por la compañía, iba camino de una sesión de fotos para publicitar el espectáculo que estoy ensayando La melancolía de King Kong.
Todas las mañanas me meto en la piel de una actriz venida a menos que se dedica a hacer performans y shows sadomasoquistas y se prostituye para poder mantener a su familia, cuando regreso a mi casa y me encuentro con mi hijo y con mi otro "día a día" todo me parece una locura. Esta mañana, antes de llegar al estudio fotográfico, pensé qué podría hacer para ganarme la vida si abandonaba esta profesión, porque sentí la necesidad imperiosa de hacerlo y terminar con la inestabilidad y el desgaste y el cansancio y........ y recibo la llamada y me quedé en silencio y me puse a llorar en medio de un bar, con un café delante de mí y un camarero con cara de póker.
Qué sin sentido y qué absurdo todo... no encuentro representante porque tengo cuarenta años y no tengo un contrato de televisión y porque una carrera teatral no da dinero, esa es la triste realidad, pero hoy el universo me ha hecho un bonito regalo y he recibido tantas muestras de sincero cariño que solo por eso merece la pena la lucha.
En todos los rincones hay gente luchando y en algunos sin esperanza de cambio, nosotros seguimos siendo unos privilegiados y eso no hay que perderlo nunca de vista.
Cuando he abierto el correo y os he encontrado... uf! Qué alegría y que acompañada me he sentido.
Os mando un besazo.
GRACIAS.
Lidia




jueves, febrero 02, 2012




Mi tercer trabajo en el taller de escritura consistía en describir una situación siguiendo el ritmo de este vídeo.

La duda

-¿Quieres leerlo, por favor?

Mueve hacia atrás la silla en la que está sentada separándola un poco de la mesa. Es medio rubia, de cara redondita y parece agitada. Se coloca sobre el regazo un bolso enorme en el que, inclinada y casi sumergida en él, busca algo. Su café aún está intacto sobre la mesa. Le tiende unas hojas. Están escritas a mano y parecen arrancadas de un cuaderno escolar. La muchacha pasa la vista por la barra y mira después hacia la calle a través del ventanal. Apenas hay nadie en la cafetería. La luz de las farolas es débil. Se adivina el frío de enero en el exterior.

Permanece callada, mueve la pierna, un tic ansioso, nervioso, ominoso.

Y delator.

Rebusca en el bolso, saca un cigarrillo, se lo lleva a la boca, hace intención de encenderlo, lo guarda, lo mira.

A él. Que lee.

Toma su taza, la aproxima a la boca, levanta la vista, mancha sus labios, abre la boca, va a decir algo.

No lo dice.

Erguida, contrae los labios, espera la sentencia, el veredicto, el fallo, la sanción, el dictamen.

Y teme.

Una pareja que entra la distrae. Se fija en las botas de la chica, que parece enfadada. Hablan en voz baja, ambos a la vez, quitándose la palabra el uno al otro. No se puede entender lo que dicen, pero lo dicen con vehemencia. Ella le da la espalda. Él deja una frase en el aire.

La muchacha medio rubia de cara redondita se aparta el pelo de la frente, se deja caer en el asiento, juguetea con una servilleta de papel, la enrolla, la desenrolla, la retuerce, la corta en trocitos. Que caen sobre su falda.

Y ya, cuando él vuelve la última página y sin darle tiempo a decir nada, le pregunta:

-Y bien ¿qué crees que debo hacer?




miércoles, enero 18, 2012




El segundo trabajo en el taller de escritura que empecé este mes en Fuentetaja era escribir dos relatos iguales pero cambiando el narrador. Uno en primera persona y el otro en tercera, y con el tipo de narrador llamado omnisciente, es decir, un narrador capaz de meterse en la cabeza de todos los personajes y saberlo todo de ellos. El primero es autobiográfico como casi todo en este blog pero en el segundo dejé volar mi imaginación.

1
Durante años trabajé como camarera en un hotel de la costa. Como era la más cría, recién llegada y, además, rápida como una comadreja, me adjudicaron las mesas que estaban al final del comedor, con lo que tenía que recorrer metros y metros desde la cocina hasta mis clientes. Nunca me importó, pero con tantos desplazamientos y a la velocidad a la que trabajábamos el riesgo de resbalones aumentaba. La primera caída fue antológica: aplausos de unos comensales, risas de otros, bromas de los camareros. Me juré, mientras me levantaba, que aquello no se repetiría.
Unas semanas después, al perder el equilibrio de nuevo, mientras la bandeja volaba por los aires, cerré los ojos, me dejé caer sin resistencia y me hice la muerta. Oí ruidos de sillas y pasos acelerados que se acercaban. Me incorporaron, me dieron aire con el abanico de una turista inglesa, me sentaron en la silla del cliente más cercano y me dieron un vaso de agua mientras yo volvía en mí y disfrutaba del protagonismo. Y salí del comedor del brazo del maître como una reina. Ganas me dieron de levantar la manita y hacer un gesto de despedida a mi público.

2
Elisa trabajaba en el comedor de un hotel turístico. Era una adolescente espigada y con el nervio en el cuerpo. Cuando empezó le asignaron las mesas más lejanas a la cocina como se hacía con todos los nuevos y dos años después seguía con ese rango. Nunca se quejó ni pidió otro más cercano. El ritmo de trabajo era vertiginoso. Una noche, con tantas idas y venidas, resbaló y tuvo que soportar las risas y aplausos de los turistas y las bromas de sus colegas. Elisa disimuló, pero esas chanzas no le hicieron ninguna gracia.
Semanas después volvió a caerse de nuevo, pero en vez de levantarse rápidamente permaneció en el suelo simulando estar inconsciente, hasta que la ayudaron a levantarse y clientes y compañeros se volcaron con ella. Todos creyeron que se trataba de un mareo.
Todos menos el maître que siempre intuyó sus ínfulas teatreras y le ofreció su brazo para sacarla de allí. Nunca le dijo nada a Elisa, ni entonces ni años después, pero fue justo en ese momento cuando él supo que envejecerían juntos.




martes, enero 03, 2012




AUTOBIOGRAFIA DE UNA LECTORA
Juego sola a la puerta de la cocina de mi abuela. Dentro, mi madre y mi tía hablan. No presto atención hasta que me doy cuenta de que su conversación trata sobre mi hermana y sobre mí. Mi tía dice que mi hermana es guapísima, que le encantan sus bucles rubios y sus aires de princesa. Cuando acaba las loas a mi hermana y empieza conmigo afino el oído. Me quedo perpleja con lo que oigo. Dice la bruja de mi tía que es una pena que sea tan feílla. Imagino a mi madre poniendo cara de sorpresa ante ese comentario y espero oírla responder como es debido y poner las cosas en su sitio, pero mi madre, que no sabe que escucho, se limita a decir: "Mujer, no es para tanto".
Un mes después, mi hermana, que tiene seis años, empieza en la escuela. Le han comprado una cartilla con todas las letras. Yo, que tengo tres, le pido que me enseñe a leer. Me dice que sólo conoce las vocales. Repaso esas cinco letras y me acerco con la cartilla a mi madre, le pregunto cómo se llama la letra que le señalo. Mi madre me dice que la eme y me lee: ma, me, mi, mo, mu. Me vuelvo al patio y empiezo a practicar: mama, memo, mimo, mamo... Cuando termino vuelvo a preguntar por otra letra y por cómo se dice, y por otra, y por otra, y así hasta que termino la cartilla.
Mi abuela regenta una posada que tiene una cocina inmensa. Por las noches está llena de gentes de paso. A menudo me llaman para que lea. Siempre hay algún arriero que no se acaba de creer lo que ha oído contar de la nieta de la posadera. Llego con mi sillita, me siento y me quedo mirando a los que hablan hasta que se hace el silencio. Alguien me alarga una hoja de periódico arrugada, a veces hasta grasienta, y leo una noticia tras otra. Levanto la cabeza de vez en cuando para ver la sorpresa de los mayores, y la envidia de mi hermana y de mis primas. Y me siento en paz. Unas tienen bucles y otras leen.
En los doce años siguientes solo leí libros de texto y novelas de Corín Tellado pero a los quince años me fui a trabajar de camarera a un hotel de Benidorm, y descubrí los libros de la colección Reno: Gorki, Thomas Mann, Faulkner, Curzio Malaparte. Tres años después cuidando niños en Madrid leí de un tirón treinta novelitas de Simenon que coleccionaba el padre de una de las criaturas. A los veintiuno entré a trabajar en un banco y a partir de ese momento tuve dinero y tiempo para dedicarlo a la lectura y a la Facultad. Cayó Cortázar, Duras, Canetti, Flaubert, Stendhal, Bernhart y otros que recuerdo con cariño, además de manuales de economía y Keynes, Milton Friedman y otros que ya he olvidado. El problema era que que leía demasiado y vivía demasiado poco.
Al acabar tercero de carrera leí este anuncio: “Me gusta el blues, Visconti, los colores cálidos y divagar sobre casi todo. Si te interesan cosas así y eres universitaria (o parecido), carente de dogmas (o casi) y tienes una sonrisa bonita (o equivalente) te pido que me escribas.” Y le escribí. Vinieron años de amores confesables y de los otros, Truman Capote, cambios de trabajo, Agota Kristof, viajes a alguna parte, Carver, cafés, Irving. Y empecé a leer menos. Y a vivir más.